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    de Segovia
  • LEYENDA DE EL CRISTO DE LOS GASCONES

    Voy a referirte ahora la hermosa leyenda que guarda celosamente la Iglesia de San Justo, tan celosamente como al Cristo protagonista de ella.

    Corría el siglo XII, y el escenario fue el campo de un país lejano donde una compañía de soldados Gascones y Alemanes, disputaban por un botín recientemente cobrado, al que habían tomado singular devoción.

    A las afueras de una pequeña aldea, había sido hallado un magnífico Cristo yacente de madera, con brazos articulados, rostro doloroso y cuerpo con manchas de sangre, que semejaba en verdad un muerto sobre la campiña florida.

    La soldadesca porfiaba por su posesión.

    - El Cristo es nuestro y nos le llevaremos a Alemania……

    - Eso no es cierto, el Cristo es Francés ………..

    - ¡Ni pensarlo¡….. es alemán, y bien alemán…

    - ¡Es gascón¡….

    Hubo incluso una reyerta terrible entre los dos bandos. El Cristo tendido, contemplaba con ojos amorosos y tristes la pelea. Un pajecillo rubio y guapo, enternecido ante la visión del divino cuerpo cubierto de sangre, sollozaba rezando cerca de él.

    - ¿Tú ves esto, Jesús mío? Ya sé que has muerto por todos los hombres y por traer la paz al mundo, y ya ves … ni siquiera contemplándote así dejan de pelearse. Son unos desagradecidos. Si de verdad te quisieran, vendrían a preguntarte cuál es tu deseo. Es decir, si quieres ser francés o alemán. Oye… o quizá no quieras quedarte en manos de ninguno de ellos. Jesús… ¿podría yo hacer algo para ayudarte?

    El pajecillo estuvo mucho tiempo dialogando con Cristo. Los niños de todos los tiempos se han encontrado a sus anchas con Jesús, y han usado con Él un lenguaje familiar y tierno. Los niños de todo el mundo saben cantar mejor que nadie alegres villancicos, acompañar en su dolor a Jesús en la Pasión, y entonar aleluyas triunfales que hacen con las campanas que repican a gloria.

    El pajecillo seguía cavila que te cavila sentado sobre la pradera, escuchando sin oír el murmullo del agua de un cercano regato, y con la mirada perdida en la imagen, deseaba encontrar solución al asunto, pero no una cualquier, sino la que el Cristo deseara, es decir, acertar con la voluntad divina.

    Una mula entre gris y parda con manchones blancos a manera de lunares corrió a tumbarse muy cerca de él, revolcándose sobre la hierba, lo que hacía que la esquila que llevaba colgada sonara repetidamente.

    -¡Ven aquí, preciosa, ven aquí¡… ¿Te das cuenta de lo que ocurre? Mira, voy a decirte una cosa. Los hombres son… más burros que tú, ¡bueno¡ Si no todos, algunos. ¿Qué haríamos? Ayúdame… si cuando era Niño una abuela tuya le calentó con su vaho, bien podrías ahora echarle tú una mano…

    La mula preciosa, como en el campamento la llamaban, dio vueltas y más vueltas alrededor del niño y de la imagen, meneando sus largas orejas, como si quisiera decir algo.

    -¿Pero es que quieres que te coloquemos el Cristo encima? ¡Buenos se pondrían esos¡… Oye … se me ocurre una idea … ¿Y por qué no puedes ser tú la que nos señales trotando, el lugar donde desea quedarse?... ¡Pero que mula tan lista!

    El paje corrió a contarle a su señor, que era un importante mando militar la idea que acababa de ocurrírsele. Le pareció muy bien, y sobre todo acabaría con las discusiones y reyertas.

    -Bien. Coloquemos al Cristo sobre la mula, y démosle escolta.

    Y así la Cruz de Cristo que una vez estuvo clavada en el Gólgota, ocupó ahora el lomo de la mula entre gris y parda con lunares blancos.

    (Algunas crónicas, tan feroces que preferimos olvidarlas, y si a ti te las cuentan no las creas, dicen que a la mula Preciosa la sacaron los ojos. ¡Por favor niño¡ repito, ¡no lo creas! La mula, consciente de su misión, cerró los ojos sin importarla ni una pizca que se los taparan, dejándose en un abandono feliz, para galopar sin prisa pero sin pausa, hasta que el Dios de todo lo creado la ordenase detenerse.

    De aquella guisa atravesó la Galia entera, siempre escoltada por soldados de relucientes armaduras de cincelada plata. Así cruzaron los Pirineos, suscitando la curiosidad de las gentes que veían pasar la extraña comitiva y se preguntaban devotos.

    - Irán así en cumplimiento de alguna promesa…

    - Quizá caminen hacia algún monasterio…

    - Y los otros de armadura plateada son “gascones” ¿Os habéis fijado?

    Trota que trota la mula ni comer quería, sino seguir siempre adelante meciendo dulcemente al Crucificado; y así hasta llegar a una ciudad de calado puente, que hizo lanzar al aire rebuznos alegres, mientras su trote se hacía más ligero al doblar la muralla, cruzar un arroyo y divisar al fondo una iglesia románica. La iglesia de San Justo y Pastor.

    Ante la puerta principal, la mula dio un resoplido y cayó muerta al suelo, doblando sus patas dulcemente, para que el Cristo bendito no sufriera daño alguno.

    No sabe quién las ha volteado, pero las campanas tocan a rebato. Los vecinos del barrio dejar su atareado quehacer artesano y corren a reunirse en el atrio del templo, sin atreverse a dar crédito a lo que sus ojos contemplan.

    El Párroco ha salido también de su casa, para averiguar la causa de tanto alboroto, sin explicarse por qué las campanas tañen.

    Al fin entiende lo que sucede, y dice a esos soldados desconocidos:

    - No cabe duda, hijos míos, aquí es donde este Cristo quiere morar.

    Los soldados franceses y alemanes, que han dado escolta al Cristo desde la lejana Galia, se reúnen a deliberar sobre su futuro comportamiento.

    De pronto lo ven todo clarísimo. La parroquia de San Justo será para siempre la suya, y el Cristo se llamará como la gente les ha llamado por doquier, gascones. Su Cristo será el de los GASCONES.

    Se quedarán en España, y es esta ciudad, en donde la “Puente Seca” mas hermosa del mundo, dará guardia a su Cristo junto con ellos.

    Y así van cerca de la imagen para decírselo. Sus armaduras brillan por los reflejos de las mil velas que los segovianos han venido a ofrecer devotamente. El Cristo agonizante parece sonreír.

    El Cristo de los Gascones se quedó en San Justo para siempre, y en los Viernes Santo, desfila por las calles de la ciudad. Aunque es lástima que ahora no lo haga entre la escolta de caballeros cubiertos con cinceladas armaduras, como lo hacía en otros tiempos. Estas se perdieron, quién sabe en cual revuelo, de los muchos que nuestra patria ha sufrido.

    Pero el Cristo sigue con nosotros, derramando bendiciones sobre todos los segovianos, y en especial por los que forman la piadosa Cofradía, que desde 1647, con el nombre de Santa Esclavitud existe.

    Dicen que delante de la verja de la iglesia, al pie de las escaleras, la mula está enterrada.

    Y que la esquila que llevaba se colocó en la torre del templo. También aseguran que cuando las feligresas van a tener un hijo se encomiendan al Cristo, y al nacer éste, la esquila repica alegremente.

    TE INVITO NIÑO O MAYOR, A QUE SUBAS A SAN JUSTO Y TE ARRODILLES A LOS PIES DEL CRISTO DE LOS GASCONES. LUEGO YA, CONTEMPLA CON DETENIMIENTO LAS HERMOSAS PINTURAS ROMÁNICAS, DESCUBIERTAS EN SUS PAREDES HACE MUY POCOS AÑOS.

    CREO QUE PENSARAS, COMO YO PIENSO, QUE EL CRISTO VIAJERO NO PUDO DETENERSE EN MEJOR SITIO, NI TENER MAS MARAVILLOSO MARCO.

    (Mª del Carmen Díaz Garrido)

    (Del libro Leyendas Segovianas).